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El Gobierno socialista de José Luis Rodríguez
Zapatero ha tomado por fin las medidas que seguramente nunca quiso tomar y
ahora caen sobre él todo tipo de críticas. Solo recibe parabienes de los
banqueros y de los poderosos que controlan los organismos internacionales y del
poder ejecutivo de la Unión Europea, cada vez más parecida a un lobby de
los ricos que a una institución al servicio de la libertad, la pluralidad y la
democracia.
Creo que las
medidas que ha tomado el Gobierno son criticables pero que es necesario
contextualizarlas adecuadamente, porque no me parece justo ni riguroso que
caiga sobre él todo el peso de la responsabilidad por lo que está sucediendo en
nuestra economía. No es verdad, por ejemplo, que sea prioritario combatir ahora
el déficit porque se haya alcanzado un nivel peligroso de deuda, puesto que el
aumento que se está produciendo está todavía dentro de lo que se puede
considerar plenamente aceptable. Lo principal, por el contrario, es recuperar
cuanto antes la actividad, el empleo y los ingresos porque la deuda se ha
generado justamente porque estos se han reducido a causa de la crisis. Tampoco
es verdad que haya que reducir ahora el déficit porque el gobierno haya
despilfarrado gasto, como se dice desde la derecha más demagógica.
Este gobierno administró los presupuestos públicos con superávit (incluso
innecesariamente a la vista del retraso en bienestar y capital social que
sufrimos desde hace decenios y a diferencia de lo que están haciendo administraciones
municipales o autonómicas gobernadas por la derecha). El gran incremento del
déficit se produjo cuando la banca internacional provocó una crisis sin
parangón que hundió las economías de casi todos los países del mundo. Una
crisis que en España se llevó también por delante un modelo de crecimiento
basado en el ladrillo que en esta última etapa de expansión había sido puesto
en pie y alimentado inicialmente por el Gobierno del Partido Popular.
El Gobierno español, como tantos otros, no se ha endeudado caprichosamente,
sino para salvar a los bancos y para evitar el colapso de las economías, algo
que no se hubiera tenido que hacer si quienes ahora piden reducir el déficit
hubieran actuado de otra manera en los últimos años: si la banca no hubiese
sido tan irresponsable, si los bancos centrales no hubieran actuado como sus
cómplices, y si la Unión Europea y el resto de los organismos internacionales
se hubieran dedicado a imponer en los últimos años más coordinación política y
políticas de estabilidad y bienestar social en lugar de limitarse a facilitar
la libertad de actuación y movimiento de los capitales especulativos.
Dicho esto, y sabiendo que la reducción del gasto público ha sido impuesta por
el Fondo Monetario, por el ejecutivo de la Unión Europea y en realidad por los
grandes poderes financieros, como el propio presidente reconoció implícitamente
en algún momento de su intervención en el parlamento, creo que hay que señalar
algunas cuestiones esenciales para poder entender lo que está sucediendo.
La principal es que las propuestas que se hacen no buscan de verdad reducir la
deuda del estado español. Hay que ser consciente de que la emisión de deuda
pública y privada es el negocio de los banqueros y que son ellos quienes tratan
de crearla constantemente por todos los medios. Por eso lograron que se
estableciera la prohibición de que los bancos centrales financien en casos como
este a los gobiernos. Hay que decirlo claro: lo que buscan los bancos es que
los individuos, las empresas y los gobiernos tengamos sobre nuestras espaldas
cada vez más deuda. Lo diabólico del caso es que gracias a la deuda que ahora
han de emitir los gobiernos para hacer frente al desaguisado provocado por la
banca y los grandes financieros, éstos ganan ahora miles de millones de euros:
reciben liquidez al 1% de los bancos centrales y la invierten en deuda pública
al 5% o incluso al 10% si logran, como en Grecia, que las agencias de
calificación que trabajan a su servicio digan que es de baja calidad.
De hecho, el recorte del gasto que se propone no va a reducir la deuda de modo
efectivo (y mucho menos satisfactorio socialmente) porque va a deteriorar la
capacidad de crear actividad e ingresos de la economía española: limitar la
inversión en infraestructuras simplemente significa disminuir el negocio de las
empresas que la llevan a cabo, reducir los sueldos o las pensiones es contener
el consumo del que salen los ingresos de miles de pequeñas y medianas empresas.
Valga como prueba de ello el caso del cheque bebé que va a suprimirse. Sin
entrar en consideración de su carácter más o menos equitativo y sobre sus
efectos negativos sobre la incorporación al empleo de las mujeres, lo cierto es
que pone en manos de las familias una cantidad global de dinero bastante
importante que éstas dedican al consumo. Un estudio reciente de Libertad
González de la Universidad Pompeu Fabra ("The Effects of a Universal Child
Benefit: A Regression Discontinuity Approach") pone de manifiesto que ha sido
utilizado por las familias principalmente para aumentar el gasto en
equipamiento del hogar y más concretamente en electrodomésticos.
Eso creo que demuestra muy gráficamente que las medidas impuestas al gobierno
con la excusa de reducir el déficit son pan para hoy y hambre para mañana,
porque redundarán en una nueva caída de la actividad y de la tasa de
crecimiento y casi con toda seguridad van a significar que la economía española
vuelva a entrar en recesión cuando comiencen a aplicarse.
Y al caer la actividad lo que ocurrirá será que disminuirán los ingresos de las
empresas y de las familias, de modo que o se recurre más tarde de nuevo al
endeudamiento o se da por bueno que la economía se deteriore constantemente.
Es verdad que ningún país puede soportar que su deuda crezca ilimitadamente,
pero antes de entrar a limitar la actividad y a frenar la recuperación de
economía española hubiera sido necesario plantear algunas consideraciones
importantes.
La primera, como he dicho, que la deuda es odiosa en el sentido de que ha sido
obligada por la especulación financiera con la que se han enriquecido, y lo
siguen haciendo, banqueros e inversores cuyos nombres son bien conocidos y a
quienes ahora no se les pide esfuerzo alguno para aliviar la situación que han
provocado.
La segunda, que para frenar el crecimiento de la deuda la medida más eficaz es
actuar sobre la causa que en realidad lo está generando, y que no es otra que
la falta de ingresos productivos en la economía. Reducir los únicos que están
consiguiendo relanzar la actividad y no hacer nada para garantizar que la
financiación vuelva a las empresas y a los consumidores es una barbaridad,
justamente lo contrario de lo que hay que hacer para que la economía vuelva a
funcionar al mejor ritmo posible.
La tercera, que para ser mucho más eficaces e intervenir sobre la raíz del
problema habría que actuar sobre lo que incentiva la creación de deuda
financiada por la banca privada y sobre lo que la encarece constantemente:
permitiendo que fueran los bancos centrales quienes la financiaran a mucho
menor coste, evitando que la emisión de deuda sea un negocio para los bancos y
los financieros privados, prohibiendo la actuación de las corruptas agencias de
calificación, y frenando radicalmente el "terrorismo financiero" que denunció
hace unos días el Presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán.
La cuarta, que para reducir el déficit no se puede actuar solo sobre el gasto.
Es irracional limitar la fuente de ingresos productivos cuando lo que se
requiere es precisamente generar ingresos y cuando al mismo tiempo existen
recursos ociosos o dedicados a generar los problemas que se quiere combatir.
Por eso es más justo y sería mucho más eficaz tratar de incrementar los
ingresos públicos combatiendo el fraude y la evasión fiscal y haciendo que
quienes han obtenido y obtienen ganancias extraordinarias contribuyan
fiscalmente. Es sencillamente repugnante que la reducción del déficit la paguen
las personas con menos rentas mientras que los bancos y las cajas españoles
siguen actuando en paraísos fiscales, blanqueando capitales, y ganando miles de
millones de euros gracias a las ayudas material de todos los ciudadanos y al
apoyo legal del Estado.
La medida que se le ha impuesto al gobierno español no busca sanear nuestra
economía. Es una expresión más de las llamadas políticas deflacionistas de los
últimos decenios que tienen en realidad otro objetivo: limitar la actuación y
la capacidad de decisión de los poderes públicos para que los grandes intereses
privados actúen más fácilmente y puedan ganar dinero más cómodamente. No les
preocupa que no se recupere el empleo o que bajen ingresos de la población
porque saben que es cuando esto ocurre cuando hay menos capacidad de respuesta
social. Buscan lo que han conseguido: que el gobierno que representa a todos
los españoles (le guste o no a la derecha) se ponga de rodillas y se doblegue
ante los poderes financieros. Enseguida dirán que las medidas ahora aprobadas
son insuficientes y que hay que ir más lejos: todos los chantajes funcionan
igual. Más tarde irán contra los sindicatos y los partidos porque lo
fundamental para ellos no es que los niveles de deuda bajen (todo lo contrario
mientras sean ellos quienes la financien) sino concentrar en sus manos el
máximo poder de decisión. Dicen que van a sanear la economía pero lo que
quieren es salvar a los bancos y a los poderosos y para ello no les importa
hundirlas una vez más.
El gran error de la ciudadanía sería enfrentarse ahora al Gobierno de Rodríguez
Zapatero (como quieren el Partido Popular y la patronal) y no hacerlo con lo
poderosos. Aunque para que ese error no se produzca sería necesario que el
partido socialista no se clone con ellos, que hable mucho más claro a los
ciudadanos y se ponga cuanto antes a la tarea.
http://www.fundacionsistema.com/News/ItemDetail.aspx?id=2354
21 de mayo de 2010
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