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Sobre el imperio VI
George Orwell, que entendió muy bien los problemas de la comunicación moderna, en su novela Mil novecientos ochenta y cuatro, publicada en 1949, "citaba" un libro (Teoría y práctica del colectivismo oligárquico) escrito por Emmanuel Goldstein (judío, evidentemente) en el que se daban las características de cualquier sociedad y, por tanto, podría servir para la sociedad estadounidense y su desigualdad.
Decía así: "A lo largo de los tiempos históricos y probablemente desde el final del periodo neolítico, ha habido tres clases de gente en el mundo: los de Arriba, los de en Medio y los de Abajo [...]. Los intereses de estos tres grupos son completamente irreconciliables. El propósito de los de Arriba es el de seguir en su sitio. Los de en Medio quieren ocupar el lugar de los de Arriba. La aspiración de los de Abajo, si es que tienen alguna - ya que es una característica permanente de los de Abajo, que viven tan oprimidos por los trabajos penosos, el no ser, sino de vez en cuando, conscientes de algo diferente a sus afanes cotidianos -, es la de abolir todas estas distinciones y crear una sociedad en la que todos los hombres sean iguales [...] Incluso hoy, en un periodo de decadencia, el nivel medio de vida es más elevado de lo que lo fue en los últimos siglos. Pero ningún aumento de riqueza, ninguna suavización de las costumbres ni reforma o revolución algunas han podido hacer avanzar ni un milímetro la igualdad humana. Desde el punto de vista de los de Abajo, ningún cambio histórico ha significado algo más que el cambio de nombre de sus amos".
La estructura social de los Estados Unidos, en los términos de Orwell, consistiría en una masa proletaria, las "proles", el pueblo, creyente, crédulo y manipulado, pero no muy importante en la toma de decisiones. El eslogan "guerra es paz" tiene que ver con esta parte de la sociedad orwelliana. Estaría después el partido exterior, las clases medias, los que participan, ese 50 por ciento que realmente cuenta porque es el que vota y al que hay, igualmente, que manipular y que es crédulo y creyente de la misma forma, si no más que los "proletarios". Sobre todo con ellos tiene que ver el eslogan "ignorancia es fortaleza" que permite entender algunos elementos de su cultura. Y, finalmente, el partido interior, los que realmente deciden, las camarillas, cábalas, juntas y demás nombres que ha recibido últimamente la elite del poder político en connivencia con el empresarial y a los que aquí se refiere el eslogan "libertad es esclavitud" de evidentes connotaciones políticas.
Hay dos diferencias fundamentales entre lo que se puede observar en 2007 y lo que imaginaba Orwell como potencialidades de 1948, hace, pues, casi 60 años. En primer lugar, el mundo de Orwell era un mundo tripartito cuyas unidades (Oceanía -los anglosajones con Estados Unidos al mando- , Eurasia -"la vieja Europa" con Rusia-, y Estasia -los "amarillos") se encontraban relativamente igualadas en cuanto a economía y fuerza militar. En 2007, en cambio, el presupuesto militar de los Estados Unidos duplica al del resto de la OTAN más Australia y el Japón, siendo su gasto militar, aproximadamente, la mitad de todo el gasto militar de todo el mundo. En segundo lugar, el poder de los de Arriba en los Estados Unidos contemporáneos es tal que a los de en Medio no se les ocurre intentar sustituirles y los de Abajo han abandonado desde hace ya mucho tiempo la pretensión de lograr una sociedad más igualitaria. En eso, los de Arriba han intervenido activamente por lo menos desde los falsos juicios contra Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, asesinados judicialmente en 1927 como efecto de la virulenta etapa de represión política conocida como "Red Scare" de 1919-1920. Por no hablar del "macartismo" que afianzó en el país la tendencia a no disponer de oposición en el sentido estricto y a tener una élite del poder segura de sí misma hasta límites totalitarios y que se presenta, políticamente, en dos versiones ligeramente diferentes en lo interno (conservadores unos, los Demócratas, y muy conservadores los otros, los Republicanos). Es sintomático que en las elecciones de 2006 los Republicanos tuvieran un 70 por ciento del voto evangélico blanco mientras que los Demócratas obtuvieran el 28 por ciento. Pero esas dos versiones políticas son muy parecidas en lo que atañe a las relaciones exteriores. Imperiales, si se prefiere.
Un paralelismo más. Indro Montanelli, en su "Historia de los griegos", se refiere a la etapa de la decadencia de éstos, después del esplendor clásico, de la siguiente forma: "Las riquezas, dice Aristóteles, se concentraron solamente en la clase patronal, reducida de número por las continuas guerras, pero todavía prepotente y prevaricadora, sobre la masa de los periecos y de los ilotas reducidos a la miseria más negra. Y sobre esta peligrosa situación interior se injertó una nueva guerra interior". La diferencia evidente está en que la miseria de los "ilotas" estadounidenses no es tan extrema. También es diferente el papel de la guerra: en la etapa de decadencia de la "polis" se añade a los problemas internos; en los Estados Unidos, en cambio, se utiliza una guerra externa para que "los de Abajo" se olviden de su situación y participen en la misma ("los de Arriba" no van a la guerra).
Comencemos por "los de Abajo", por los "proles". El hecho es que la economía estadounidense ha estado cargada de problemas acelerados por la "deslocalización" de sus empresas. Con ello el desempleo y la pobreza están alcanzando niveles para ellos intolerables, con el consiguiente aumento de la inseguridad y la frustración entre los estadounidenses ante el empleo, la salud y la jubilación. Los datos son conocidos: la preocupación por el desempleo es observable en las sucesivas encuestas allí publicadas mientras la pobreza, según se define en los Estados Unidos, es decir, los que no llegan al nivel considerado digno por el propio gobierno, alcanza en 2006 a 36,5 millones de habitantes, que suponen algo más del 12 por ciento de la población. Medidas alternativas y poniendo al día el modo de calcular la "línea de pobreza" dan cifras todavía mayores y, probablemente, más reales que las oficiales que ya vienen algo maquilladas. Los datos oficiales hablan, además, de cerca de dos millones de personas que ganaron menos del salario mínimo a los que hay que añadir otros dos millones de inmigrantes en las mismas condiciones. Si por pobreza se entiende en no ser capaz de conseguir la alimentación que se considera necesaria, los datos del Pew Global Attitudes Project (24 de julio de 2007) eran inequívocos: un 16 por ciento de los estadounidenses se declaraban pobres en ese sentido frente al 7 por ciento que reconocía dicha incapacidad en la Europa Occidental. Los datos oficiales eran más claros si cabe: el 50 por ciento de las personas de renta baja no conseguía los alimentos necesarios. Simultáneamente a la cuestión de la pobreza, los Estados Unidos tienen el dudoso privilegio de adelantar al resto de sociedades industrializadas en lo que se refiere a criminalidad y en el número de presos. Siendo esto así, no es de extrañar que el 12 por ciento de los que pidieron su ingreso en el ejército estadounidense en 2007 necesitaran un permiso especial por tener antecedentes penales, porcentaje que seguía creciendo al haber más que doblado el de 2003.
La ideología y los intereses del actual gobierno ha hecho que, a pesar de lo dicho, el número de personas en el "welfare" haya disminuido (y no por demanda menguante sino por presupuestos menguantes) mientras disminuían sistemática y continuamente los impuestos a los más ricos. La revista Business Week (10 de enero de 2003) era taxativa con respecto a dicha reforma inicial: "El plan fiscal de Bush podría fomentar el crecimiento y crear empleos, pero el precio es una mayor desigualdad", es decir, ricos más ricos y pobres más pobres, que ha sido la tendencia general durante los dos mandatos del segundo Bush, añadiendo a la tendencia que ya se observaba con los anteriores presidentes una novedad: los hiper-ricos se distanciaban de los ricos, es decir, que no sólo los ricos se hacían más ricos, sino que los hiper-ricos se hacían más ricos que los ricos mismos. Si de Ronald Reagan se dijo que practicaba lo contrario de Robin Hood, de los dos gobiernos de George W. Bush se puede decir que ha agudizado las políticas de Hood Robin: quitarle el dinero a los pobres para dárselo a los ricos.
La contraofensiva comunicativa del Gobierno respecto a los críticos estadounidenses a estas decisiones ha sido invariable. Según aquél, éstos estarían volviendo a la "lucha de clases" por el mero hecho de defender al débil y al que, en una sociedad darwinista, pierde no por su falta de esfuerzo, sino por su escaso acceso a los resortes del poder e incluso por su dificultad (provocada) para el acceso al voto político. El argumento es curioso: practicarían, según este planteamiento, la "lucha de clase" los que no se resignan a un determinado nivel de explotación y marginación y pretenden reducirlo. En cambio, los de Arriba, explotando a los de Abajo, no practican ningún tipo de "lucha de clases". Parece como si esto último, la explotación de los de Abajo por los de Arriba, se viese como parte del orden natural de las cosas como han seguido siendo en los últimos, por lo menos, treinta años. El resultado es el esperable, la renta del 20 por ciento más rico era 10 veces superior a la del 20 por ciento más pobres en 1970. Subió a casi 12 veces en 1990, y en 2005, último dato disponible, era 14,8 veces superior. En paralelo, el índice de Gini (que mide la concentración de la renta) siguió creciendo de manera constante desde 1968 hasta llegar al 45 de 2004 según el CIA Factbook 2007.
Por los mismos motivos ideológicos y de intereses creados, estos gobiernos han transferido a manos privadas sectores cuya lógica exigiría una mayor presencia pública como es el caso de la seguridad tanto en general, con una evidente privatización de la policía y en consecuencia con un aumento del clasismo en los crímenes contra los que no tienen dinero para pagarse protección, como en el caso de la vigilancia en los aeropuertos, asunto que estuvo detrás de la facilidad con que los terroristas del "11 de septiembre" accedieron a los vuelos. Es obvio que un servicio de estas características, que es, en la práctica, un monopolio natural, si se privatiza sólo da como resultados una disminución de la calidad del servicio prestado ya que la empresa buscará reducir costes (de personal, de formación, de equipamientos) para aumentar el beneficio. Probablemente los "contractors", las empresas privadas de vigilancia y violencia que están llevando a cabo buena parte del trabajo sucio en Iraq y Afganistán, tengan problemas semejantes, pero es conocido el hecho de que cada vez más se confían más operaciones a este tipo de actores. De hecho, frente a los 160.000 soldados estadounidenses que había en Iraq a mediados de 2007, había 200.000 de estos "contractors" privados en el mismo lugar.
Guerra es paz, entonces, es un eslogan en el sentido de que una exaltación nacionalista distrae la atención de lo que realmente preocupa a la gente que, antes que nada, es vivir ("y después filosofar"). El país que, sin duda, tiene la mejor medicina del mundo ve cómo siguen aumentando sus ciudadanos que carecen de seguro médico: de 44,8 millones en 2005 a 47 millones en 2006, según el censo oficial. El Odio al "terrorista" (ahora "muslim fanatics" o "islamo-fascistas" casi siempre, pero, de hecho muy abstractos y sin definición comúnmente aceptada), como el "Odio" en la novela 1984, borra las diferencias entre los que salen enormemente beneficiados por tales circunstancias y los de Abajo, los perdedores gobierne quien gobierne, aunque sea del Partido Demócrata, que tanto da más allá de los matices. Una explosión de nacionalismo siempre es aconsejable cuando hay ganadores y perdedores ya que a estos últimos se les explica que "todos vamos en el mismo barco" y cualquier otra posición será tomada como unamerican, antiamericana. Así se ganan elecciones, pero no para siempre, como bien supo Bush padre.
Vienen después las "clases medias", "los de en medio", el "partido exterior". Desde un punto de vista europeo, básicamente secular desde la Revolución Francesa, la credulidad de estos sectores de la sociedad estadounidense llama la atención sobre todo cuando se la relaciona con la evidente presencia de la religión en muchas actividades, incluida la política, y, sobre todo, con el peso que los fundamentalistas tienen en la vida política y cultural del país: disponen de numerosas televisiones de tele-evangelismo, gestionan tertulias y "talk shows" de gran audiencia, controlan un porcentaje muy importante (han llegado al 60 por ciento) de los votos en las convenciones republicanas y llegan a incidir en cuestiones tan peregrinas como si se debe enseñar a Darwin en las escuelas o si no será preferible enseñar el "creacionismo científico" derivado de una lectura literal (fundamentalista, por tanto) de la Biblia.
Estas creencias y credulidades, de las que ya se ha hablado en esta serie "Sobre el imperio", no están exentas de manipulación. En los manuales que se conocen para que las grandes empresas estadounidenses de producción de noticias trasmitieran al mundo la versión apropiada de la II Guerra del Golfo, sus directivos mandaban omitir las muy frecuentes referencias religiosas del actual presidente Bush, pues las sabían no sólo incomprensibles para el mundo en general, sino incluso risibles para la mentalidad media europea. Y en esta manipulación no estaban ausentes los intereses económicos más inmediatos de dichas empresas que querían quedar bien con el gobierno y conseguir de la Comisión Federal para las Comunicaciones (presidida entonces por un republicano, hijo de Colin Powell) una legislación favorecedora de sus afanes por una mayor concentración de la propiedad de los medios.
Entre los medios hubo diferencias (como por ejemplo, entre la CNN local -es decir, de los Estados Unidos- y la CNN Internacional, que fue algo menos sectaria) y hubo excepciones, sobre todo a través de los distintos weblogs o blogs que, con acceso a fuentes alternativas -fundamentalmente extranjeras- pudieron dar una imagen menos sesgada de lo que estaba sucediendo realmente.
Para hacerse una idea, baste recordar el estudio de FAIR (Fairness & Accuracy in Reporting ), publicado el 18 de marzo de 2003, que se había dedicado (entre el 30 de enero y el 12 de febrero) a analizar las fuentes de los programas nocturnos de las grandes cadenas de noticias con mayor audiencia y en los que se hacía referencia a Iraq. Se trató de World News Tonight de la cadena ABC, Evening News de la CBS, Nightly News de la NBC y la NewsHour with Jim Lehrer de la PBS. Su conclusión era clara: "las noticias en las redes de televisión, dominadas por funcionarios actuales o ex funcionarios de los Estados Unidos, excluyen ampliamente a los estadounidenses que son escépticos o se oponen a una invasión a Iraq". Más del 75 por ciento de las fuentes tenían o habían tenido relación con las Administración, dejando, pues, poco espacio para las fuentes independientes. Añade el estudio, "en un momento en el que el 61 por ciento de los entrevistados decían a los encuestadores que hacía falta más tiempo para la diplomacia y las inspecciones (eso era a 6 de febrero), sólo el 6 por ciento de las fuentes de las noticias de televisión se mostraban escépticos ante la necesidad de la guerra". Los claramente afiliados con el activismo contra la guerra prácticamente no existían: de los 393 casos analizados, sólo 3 podían inscribirse en este grupo, de los cuales sólo uno era estadounidense: Catherine Thomason, de Physicians for Social Responsability. Y no se crea que los escépticos sobre la necesidad de la guerra presentados en estas televisiones eran gente "de peso" (que la hubo en los Estados Unidos). La mitad de los estadounidenses escépticos no-oficiales eran "gente de la calle", cinco de los cuales ni siquiera fueron identificados por su nombre.
Ignorancia es fortaleza, en consecuencia, porque, en contra del dicho "la verdad os hará libres", es mejor no saber a efectos de sentirse tranquilo y satisfecho de la propia posición en el mundo, que es lo que tan profundamente irrita a algunos observadores estadounidenses a los que esta actitud les parece "estúpida", como ya se vio en la entrega anterior de esta serie "Sobre el imperio". Esta conciencia de la propia importancia del partido exterior incluye la del "destino manifiesto" de los Estados Unidos en el que creen capas muy importantes de su población. El destino manifiesto (Manifest Destiny) fue acuñado en 1845 por el periodista John O'Sullivan para justificar la anexión de México y el imperialismo norteamericano. Ya en 1900 explicaba el senador por Indiana, Albert Beveridge: "Dios designó al pueblo norteamericano como nación elegida para iniciar la regeneración del mundo". Esa ideología estuvo siempre viva en la derecha norteamericana y fue utilizada muchas veces por George Bush padre e hijo. Se hace continua referencia a "nuestra superioridad moral" para justificar las invasiones político-militares por el mundo, que ahora se convierten en una lucha entre los "civilizados" (nosotros) y el resto ("O con nosotros o con el terrorismo"). Ha sido, como se ha dicho, una constante, algo que no ha cambiado en los últimos años, unida a la idea de Pueblo Elegido siguiendo el modelo del pueblo judío. Creerse cola de león es preferible a creerse cabeza de ratón.
De todas formas, esta ignorancia, dolosa a veces, no excluye el aumento de inseguridad que ha acompañado a la sociedad estadounidense en los últimos años, en parte también manipulada, pero que hace que dos tercios de los encuestados en los Estados Unidos temieran, a dos años del "11 de septiembre", nuevos ataques del mismo tipo. Tampoco excluye el aumento de los que rechazan la II Guerra del Golfo.
Y llegamos, por fin, al "partido interior", a "los de arriba" en la fantasía de Orwell o a la "clase patronal", "prepotente y prevaricadora", de la descripción de Grecia por parte de Montanelli. No se trata tanto de los mil-millonarios ("billionaires") de los que da cuenta anualmente la revista Forbes y entre los que los estadounidenses destacan de forma evidente. Se trata de la clase dominante, con independencia de su riqueza aunque ésta, obviamente, cuente en el momento de definir la clase. Como síntoma puede anotarse que en 2006 los altos ejecutivos (no necesariamente propietarios únicos ni siquiera mayoritarios) de las 30 empresas del Dow Jones vieron aumentar sus remuneraciones en un 24 por ciento, por encima del incremento de las ganancias de sus empresas y del valor de las mismas en Bolsas. Mejoraron porque quisieron. Suena a prepotencia. En términos menos dramáticos, y en lo que respecta a las familias, hay que levantar acta de que el 20 por ciento más rico tiene el 50 por ciento de la renta nacional; en cambio el 20 por ciento más bajo obtiene sólo el 3 por ciento.
Es curioso, sin embargo, que John Kirby junto a Lewis Lapham hayan reconocido que entrevistando a diversos personajes que podrían clasificarse como miembros de la clase dominante en los Estados Unidos para su película "The American Ruling Class", quedaran fascinados por una constante en las respuestas obtenidas: todos negaban que hubiese algo que pudiera llamarse clase dominante en los Estados Unidos. Sin embargo, el estudio de la élite del poder estadounidense es una constante en sus ciencias sociales, como es una constante el que esos trabajos sean relegados como "intrascendentes" cuando no acusados de "antiamericanos", "unamerican" o, lo que era lo mismo en tiempos de la Guerra Fría, de "rojos". La lista incluye títulos como el de Christopher Lasch "Revolt of the Elites" (1995), Kevin Phillips "Wealth and Democracy" (2002), Chalmers Johnson "Sorrows of Empire" (2004) y Thomas Frank "What's the Matter With Kansas?" (2004). Tal vez el paradigma de todos ellos siga siendo "The Power Elite" de Charles Wright Mills (1956), una brillante descripción de cómo funciona lo que aquí se ha llamado el "partido interior", los que realmente deciden y, sobre todo, deciden lo que el resto de la sociedad no debe saber ni debe discutir. Para eso se cuenta con los medios de comunicación. Pero no sólo. También se cuenta con la guerra.
"La guerra contra el terrorismo" está sirviendo a los mismos propósitos que otras "guerras" anteriores por lo menos desde la guerra hispano-americana del presidente McKinley: entre otros, el de mantener en el poder a un grupo, con evidentes conexiones empresariales, que lo que pretende es abandonar el capitalismo y pasar a un sistema todavía más rapaz que permita satisfacer sus intereses de una manera más cómoda. Los contratos, sin licitación, concedidos a Bechtel, Halliburton, MCI (antes WorldCom), Exxon y demás filiales y subcontratadas van en esta línea y son el resultado más visible de la ocupación de Iraq junto al aumento de violencia en dicho país. La guerra, la amenaza de violencia y la inseguridad provocada son la mejor excusa para no promulgar leyes sociales y para etiquetar a cualquiera que las pida como "poco patriota", "unpatriotic". El que esas empresas beneficiadas por la ocupación de Iraq tengan conocidos lazos con miembros del gobierno estadounidense es algo que raramente se discute, pero puede verse en webs estadounidenses como www.publicintegrity.org/wow.
"Libertad es esclavitud", el menos unívoco de los aforismos de Emmanuel Goldstein en su tratado del "colectivismo oligárquico" de 1984, es, sin embargo, el más significativo: mediante la difusión de la creencia en la aparente libertad que se disfruta, el partido interior somete al resto de la sociedad a una particular forma de esclavitud, casi de "viva las caenas", sin renunciar ni a las formas policiales de represión directa y física ni a las formas de policía del pensamiento mediante sucesivas "cazas de brujas" cuando la esclavitud corre el peligro de ser sustituida por una demanda de libertad verdadera. Entre 2003 y el segundo semestre de 2005 el gobierno de los Estados Unidos gastó 1.600 millones de dólares en conseguir una comunicación favorable a sus intereses, mediante 343 contratos con empresas de relaciones públicas, organizaciones de comunicación e incluso periodistas a los que se les pagó para que reflejaran la "realidad" que convenía al gobierno.
El mundo de Mil novecientos ochenta y cuatro era un mundo que se había planificado para que fuese irreversible. En él Orwell había plasmado sus preocupaciones sobre el futuro del mundo a partir de lo potencial que encontraba en 1948, fecha en que escribió la novela y cuyo título construyó cambiando el orden de las dos últimas cifras. Ahora hay también algunos elementos de aquella distopía que incluyen la "nuevahabla" (por ejemplo, los "efectos colaterales" o los "periodistas empotrados" -embedded-) y la reescritura de la Historia o, por lo menos, el uso sistemático del olvido, ahora mediante la presentación de nuevos asuntos que mantengan el interés por el espectáculo que se desarrolla en el momento y haga perder de vista sus antecedentes. Las conexiones de Donald Rumsfeld con Bechtel eran conocidas en 1983 cuando negoció con Sadam Husein como aliado de éste y como enviado de George Shultz, entonces Vicepresidente del Gobierno. Que en aquel momento Iraq estuviese utilizando armas de destrucción masiva no influyó en el "business". Bechtel, con Shultz ahora como directivo, conseguiría, en el nuevo Iraq ocupado, un sustancioso contrato del gobierno estadounidense: 34 millones inicialmente, pero pudiendo llegar a 680 en 18 meses. Un escándalo, según el New York Times en editorial ("And the winner is Bechtel"), que se convertía en un "mensaje deplorable" para un "mundo escéptico", pero que era rápidamente olvidado, sepultado bajo una aluvión de noticias irrelevantes pero "de contenido humano" o incluso falsificadas. El malogrado Edward Said lo expresaba diciendo que "después de apoyar durante años al régimen baazista de Iraq y a Hussein, Estados Unidos y Gran Bretaña se arrogaron el derecho de negar su propia complicidad con ese régimen despótico y luego decretar que estaban librando a Iraq de su odiada tiranía". Ésa era una tarea propia del Ministerio de la Verdad en el mundo de 1984.
Sin embargo, no está todo escrito: la oposición interna y externa puede crecer. Tal vez, internamente, han ido demasiado lejos con la represión y la vigilancia y la sociedad estadounidense ya no puede tolerar los niveles de pauperización y polarización logrados por los últimos gobiernos y acelerados por éste. Tal vez, de cara al exterior, esos niveles de desigualdad hacen que el sistema capitalista tenga serias dificultades para seguir existiendo, como pretende Immanuel Wallerstein, y por eso haya habido voces como las de George Soros, Bill Gates o Joseph Stiglitz advirtiendo de la necesidad de cambiar de rumbo si se quiere mantener el sistema (algo ha de cambiar si queremos que todo siga igual, según el dicho de Lampedusa). Dentro, pueden aparecer resistencias, ayudadas por internet, y, fuera, pueden conseguirse boycots a los productos estadounidenses, deslegitimaciones profundas de sus políticas, refuerzos sistemáticos del sistema multilateral de Naciones Unidas. Son, pues, muchos los factores que hacen pensar que la distopía que es el mundo actual (y ciertamente que es una distopía) puede detenerse.
Todo hay que decirlo: No es seguro que otro mundo sea probable. Sí se sabe que otro mundo es posible, con unas reformadas Naciones Unidas y un fortalecimiento de los bloques regionales en el exterior y, en el interior, un "gentler, softer, more compassionate conservatism" que es lo que prometió, y no cumplió, George W. Bush en la campaña que, con la posterior ayuda del poder judicial del Estado de Florida en el que su hermano Jeb era gobernador, le daría por primera vez la Presidencia de los Estados Unidos.
7 de Octubre de 2007
José María Tortosa
Instituto Universitario de Desarrollo Social y Paz
Universidad de Alicante
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